La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Theroigne se ocupaba entonces en escribir la relación de su arresto, de la cual había ya leído a los Jacobinos algunos capítulos.
Así es que, no sólo pidió la muerte de Suleau, sino la de las once personas presas con él.
Suleau, al oír el sonido de esta voz que, en medio de los aplausos pedía su muerte y la de sus compañeros, llamó a través de la puerta al jefe del puesto que le guardaba.
Este puesto se componía de doscientos hombres de la guardia nacional.
—Déjame salir —exclamó—, yo diré quién soy; mi muerte salvará la vida a once personas.
La guardia rehusó abrir, como pretendía Suleau.
Este trató de saltar por una ventana; pero sus compañeros se lo impidieron.
Pues no creían que ellos fuesen entregados fríamente a sus asesinos.
Pero se equivocaron.
El presidente Bonjour, intimidado por los gritos del pueblo, accedió a los deseos de Theroigne, prohibiendo a la guardia nacional que resistiese a los deseos populares. La guardia obedeció, y retirándose dejó libre el paso. El pueblo se precipitó en la prisión y se apoderó al acaso de la primera persona que se ofreció a su vista.