La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Se siente mayor amistad por los favores que se prestan, que por los servicios que se reciben, y es porque en el corazón del hombre hay mucho más orgullo que agradecimiento.
El Rey y madame Isabel, comprendiendo que habÃa bajo el pueblo, y tal vez sobre él, un elemento fatal que no querÃa mezclarse con este, un sentimiento de aversión y vengativo como la cólera del tigre, que ruge mientras acaricia, se habÃan conmovido verdaderamente.
Pero no sucedÃa lo mismo con MarÃa Antonieta: la mala disposición en que se hallaba el corazón de la mujer, perjudicaba al pensamiento de la Reina. Sus lágrimas eran de despecho, de dolor, de celos, y de las que derramaba, casi todas eran por Charny, que se escapaba de sus brazos, asà como también el cetro de su mano.
Por eso veÃa todo aquel pueblo y oÃa todos sus gritos con el ánimo y el corazón irritados. Era en realidad más joven que madame Isabel, o más bien de la misma edad; pero la candidez del alma y la pureza de cuerpo, revestÃanla de una capa de inocencia y de frescura de la cual no se habÃa despojado aún; mientras que las ardientes pasiones de la Reina, el odio y el amor, habÃan hecho palidecer sus manos, semejantes al marfil, habÃan hecho que se oprimiesen sobre los dientes los labios lÃvidos, y extendido sobre sus ojos esos matices nacarados y violáceos que revelan un mal profundo, incurable, constante.