La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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La Reina estaba enferma, sumamente enferma, atacada de un mal del que no se cura, porque su único remedio es la dicha y la tranquilidad, y María Antonieta comprendía que para ella habían concluido la paz y la dicha.

Por eso, en medio de todos sus impulsos, en medio de todos aquellos gritos y de los «vivas», cuando veía al Rey dar la mano a los hombres, cuando veía a madame Isabel sonreír y llorar a un tiempo a las mujeres y a los niños, la Reina sentía humedecidos sus ojos por las lágrimas de su propio dolor, ojos que volvían a quedar secos ante la alegría pública.

Los vencedores de la Bastilla se habían presentado a la Reina, y esta no quiso recibirlos.

Las mujeres del mercado habían ido a su vez y las recibió a cierta distancia, separadas de ella por enormes cestos, sin contar que sus damas, como una vanguardia destinada a evitar todo contacto, la rodeaban completamente.

María Antonieta cometía con esto una grave falta, pues las vendedoras del mercado eran realistas, y muchas habían censurado el 6 de octubre.

Aquellas mujeres le habían dirigido entonces la palabra, porque en esa especie de grupos no faltan nunca oradoras.

Una mujer, más atrevida que las otras, la habló en estos términos:


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