La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Señora reina —dijo—, permitidme daros un consejo, y muy sincero, porque sale del corazón.
La Reina hizo un movimiento con la cabeza, pero tan imperceptible, que la mujer no lo notó.
—¿No contestáis? —prosiguió—. No importa: os le daré de todos modos. Ya estáis entre nosotras, en medio de vuestro pueblo, es decir, en el seno de vuestra verdadera familia, y ahora es preciso alejar de vos a todos esos cortesanos que pierden a los reyes, y amar un poco a los pobres parisienses, que desde hace veinte años que estáis en Francia, no os han visto tal vez cuatro veces.
—Señora —contestó con sequedad la Reina—, habláis asà porque no conocéis mi corazón: os he amado en Versalles, y lo mismo os amaré en ParÃs.
Esto no era prometer mucho.
Y por eso, otra mujer tomó la palabra:
—¡SÃ, sÃ, nos amabais en Versalles! ¿Fue vuestro amor el que os indujo el 14 de julio a proponer que sitiaran a la ciudad y que la bombardeasen? ¿Era vuestro amor el que os aconsejó el 6 de octubre a huir a las fronteras, bajo el pretexto de marchar a Trianón, a medianoche?
—¿Es decir —replicó la reina—, que os han contado todo eso y lo habéis creÃdo? He aquà lo que ocasiona a la vez la desgracia del pueblo y del Rey.