La Condesa de Charny
La Condesa de Charny El resplandor de las hachas, cuando se pasó por delante del Carrousel, de la calle de San Honorato y de los malecones del Sena, iluminó un tristísimo espectáculo.
En efecto, la lucha material se había terminado; pero el combate continuaba aún en los corazones, porque en estos sobrevivían el odio y la desesperación.
En los relatos contemporáneos, y sobre todo en la historia realista, se ha lamentado profundamente, como estamos dispuestos a hacerlo nosotros mismos, la suerte de las augustas personas de cuyas sienes arrancaba la corona aquella jornada terrible. Se han hecho elogios del valor, la disciplina y la fidelidad de los suizos y de los caballeros, y se han contado las gotas de sangre derramada; pero no los cadáveres del pueblo, las lágrimas de las madres, de los hermanos, de las viudas, de los hijos…
Digamos algo nosotros.
Para Dios, que permite en su profunda sabiduría los acontecimientos, la sangre es sangre y las lágrimas son lágrimas, sean de quien fueren.
El número de muertos era mucho más considerable en la gente del pueblo que en los suizos y los caballeros.
