La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Es imposible formarse idea de la devastación que presentaban las TullerÃas.
La sangre corrÃa por las habitaciones, deslizándose como una cascada a lo largo de las escaleras, y aún se veÃan algunos cadáveres.
Andrea hizo como los demás que buscaban: cogió un hacha y fue a mirar un cadáver tras otro.
Y mirándolos se dirigÃa hacia las habitaciones de la reina y del rey.
Pitou la seguÃa siempre.
AllÃ, como en los demás aposentos, buscó inútilmente, y entonces se mostró indecisa, no sabiendo ya hacia dónde dirigirse.
Pitou, notando su vacilación, se acercó a ella.
—¡Ay de mà —exclamó—, bien sospecho lo que la señora condesa busca!
Andrea se volvió.
—Si la señora me necesitase…
—¡El señor Pitou! —exclamó Andrea.
—Para serviros, señora.
—¡Oh!, sÃ, sà —contestó la condesa—, os necesito mucho.
Y acercándose a él, cogióle ambas manos y añadió:
—¿Sabéis qué ha sido del conde de Charny?
