La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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«Nunca» —dice Michelet—, nunca sé halló pueblo alguno en tan gran peligro de muerte. Cuando Holanda cerró a Luis XIV a sus puertas, no tuvo más recurso que inundarse, ahogarse a sí misma, estuvo en menos peligro, pues tenía de su parte a toda Europa. Cuando Atenas vio el trono de Jerges sobre la roca de Salamina, perdió tierra, arrojóse a nado, tomó el agua por patria, y estuvo en menos peligro; se hallaba en su poderosa flota, organizada en manos del gran Temistocles, y más feliz que Francia, no abrigaba la traición en su seno.

Francia estaba desorganizada, disuelta, vendida, entregada; estaba, como Ifigenia, bajo el cuchillo de Calchas. Los reyes esperaban en círculo su muerte para que el viento del despotismo hinchase sus velas; Francia tendía sus brazos a los dioses; pero los dioses estaban sordos.

Al sentir que la muerte ponía sobre ella su fría mano se contrajo, se replegó sobre sí misma; pero un volcán de vida hizo brotar de sus propias entrañas esa llama que alumbró al mundo abrasándole al mismo tiempo durante medio siglo.

Es verdad que hay una mancha de sangre para empañar el sol.


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