La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Hará unos treinta años, poco más o menos —dijo Luis XVI—, hubo un ministerio fatal para Francia y sobre todo para mà —añadió exhalando un suspiro al evocar el recuerdo de su padre, a quien siempre creyó envenenado por Austria—; era el ministerio del señor de Choiseul. Se resolvió sustituir a este con el ministerio de Aiguillon y Maupeau, aniquilando del mismo golpe a los parlamentos; pero esto último era un acto que espantaba mucho a mi abuelo, el rey Luis XV. Para suprimir los parlamentos necesitaba una voluntad que habÃa perdido; con los restos de aquel hombre viejo era necesario formar uno nuevo, y para esto no habÃa más que un medio. Se reducÃa a cerrar aquel vergonzoso harén llamado el Parque de los Ciervos, que ha costado tanto dinero a Francia y tanta popularidad a la monarquÃa; se necesitaba, en vez de aquel mundo de jóvenes hermosas donde se agotaban los restos de su virilidad, dar a Luis XV una sola querida que le bastase para todo y que no tuviese bastante influencia para inducirle a seguir una lÃnea polÃtica, pero que no carecÃa de la suficiente memoria para repetirle a cada instante una lección bien aprendida. El viejo mariscal de Richelieu sabÃa dónde encontrar una mujer de esa especie; buscóla y no tardó en hallarla. La habéis conocido, doctor, pues hace un momento me dijisteis que habÃais visto ese retrato en su casa.
Gilberto se inclinó.