La Condesa de Charny
La Condesa de Charny He aquà cuál era la situación cuando el 1.º de septiembre, a las nueve de la noche, el oficioso de Gilberto —el nombre de criado se habÃa abolido como antirrepublicano—, el oficioso de Gilberto, decimos, entró en la habitación del doctor y le dijo:
—Ciudadano Gilberto, el coche os espera en la puerta.
El doctor se encasquetó el sombrero hasta los ojos, se abotonó la levita hasta el cuello, y disponÃase a salir; pero en el umbral de la puerta estaba un hombre embozado y cubierta la cabeza con un sombrero de anchas alas que sombreaba su frente.
Gilberto retrocedió un paso; en la oscuridad y en tal momento todo es sospechoso.
—Soy yo, Gilberto —dijo una voz benévola.
—¡Cagliostro! —exclamó el doctor.
—¡Bueno! He aquà me olvidáis que ya no me llamo Cagliostro, sino el barón Zannone, aunque es cierto que para vos, amigo mÃo, no cambio de nombre ni de corazón, y soy siempre, por lo menos lo espero asÃ, José Bálsamo.
—¡Oh!, sà —contestó Gilberto—, y la prueba es que ahora iba a vuestra casa.