La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Lo que os digo, caballero —continuó Luis XVI, con noble ademán, nada común en él—, tal vez no debiera manifestarlo, porque es un pensamiento Ãntimo y un Rey no debe dejar que se lea en el fondo de su corazón sino a los que le corresponden de igual modo. ¿Procederéis lo mismo conmigo, señor Gilberto, si el Rey de Francia os dice lo que piensa? ¿Le corresponderéis de igual manera?
—Señor —contestó Gilberto—, os juro que si Vuestra Majestad me hace este honor, yo le prestaré este servicio; el médico se encarga del cuerpo como el sacerdote de las almas; pero mudo e impenetrable para los otros, consideraré como un crimen no decir la verdad al Rey que me hace el honor de pedÃrmela.
—¿De modo, señor Gilberto, que no habrá nunca una indiscreción?
—Señor, si me notificaseis a mà que dentro de un cuarto de hora y de orden vuestra voy a ser ejecutado, no me creerÃa con derecho a huir hasta que me dijerais: «¡Marchaos!».
—Bien hacéis en decirme eso, señor Gilberto, pues con mis mejores amigos, y hasta con la Reina a menudo, hablo en voz muy baja; con vos haré todo lo contrario.
Siguió una pausa y el Rey continuó: