La Condesa de Charny

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Al sonar el tercer cañonazo, los coches de que hemos hablado debían salir de la prefectura de policía; y como el cañón se disparaba de diez en diez minutos, los que acababan de ver a Beausire podían llegar a tiempo para ver pasar los prisioneros y tomar parte en su matanza.

Danton estaba al corriente de todo cuánto sucedía en la municipalidad, gracias a Tallien; conocía, pues, el peligro de Verdún y el acuerdo sobre la concentración en el Campo de Marte de los voluntarios, y no ignoraba que se iba a tocar a generala, disparando al mismo tiempo el cañón.

Para contestar a Lacroix, que, según recordaremos, debía pedir la dictadura, tomó por pretexto el peligro de la patria, y propuso votar «que todo aquel que rehusara servir personalmente o entregase sus armas, sería castigado con la pena de muerte».

Y para que no hubiese error respecto a sus intenciones, ni se confundieran sus proyectos con los de la municipalidad, añadió: «La campana que ha de sonar no es una señal de alarma, sino de carga contra los enemigos de la patria. Para vencerlos, señores, necesitamos audacia, siempre audacia, y de este modo se salvará la Francia».

Estrepitosos aplausos acogieron estas palabras.


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