La Condesa de Charny
La Condesa de Charny En sus caras ordinarias, en sus robustas formas, en los gorros encarnados de que estaban cubiertos, y en las carmañolas[58] que ocultaban sus hombros, se reconocía fácilmente a hombres del pueblo.
Otro hombre, con frac negro raído, chaleco blanco, calzón corto, cara lúgubre y patibularia y la cabeza descubierta, los presidía.
Era el único quizá de entre ellos que sabía leer y escribir, y tenía delante de sí el registro de entrada de presos, papel tinta y plumas.
Los doce hombres eran los jueces de la Abadía; jueces terribles cuyas inapelables sentencias eran inmediatamente ejecutadas por una cincuentena de verdugos armados de sables, de cuchillos y de picas que, empapados en sangre, esperaban en el patio la salida de otra nueva víctima.
Su presidente era el portero Maillard.
¿Había venido allí por sí mismo, o enviado por Danton, que hubiese querido hacer en las demás prisiones, es decir, en los Carmelitas, en el Châtelet, en la Fuerza, lo que se hizo en la Abadía, salvar algunas personas? Nadie lo ha sabido.
Maillard desaparece el 4 de septiembre, sin que desde este día vuelva a vérsele ni a oírse hablar de él, cual si hubiera quedado sumergido en la sangre.
Pero, entretanto, presidía el tribunal desde las diez de la noche del 2 de septiembre.