La Condesa de Charny

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Llegado e instalado en la mesa, pidió el registro de entrada, y con la ayuda de doce jueces, que hizo sentar, seis a su derecha y seis a su izquierda, continuó el degüello, aunque con una especie de regularidad.

Leíase el nombre consignado en el registro, y en tanto que los carceleros iban a buscar al preso, Maillard informaba al tribunal sobre las causas de su arresto; si el preso era condenado, el presidente se contentaba con decir:

—A la fuerza.

Y entonces la puerta se abría, y la desgraciada víctima sucumbía al terrible hachazo que le asestaban aquellos asesinos.

Si el preso era absuelto, el negro fantasma se levantaba, le ponía la mano sobre la cabeza, y exclamaba:

—Que se le ponga en libertad.

Y el preso quedaba salvo.

En el momento de presentarse Maillard en la puerta de la prisión, un hombre que estaba apoyado contra la pared le había salido al encuentro.

A las primeras palabras que ambos se dirigieron, Maillard había reconocido a aquel hombre, y en señal, si no de sumisión, de condescendencia al menos, había inclinado ante él su desmesurada talla.

Luego le había hecho entrar en la prisión, y colocado a la mesa y constituido el tribunal, le había dicho:


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