La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Permaneced ahí, y cuando llegue el turno a la persona por quien os interesáis, hacedme una seña.

El hombre se había recostado en el ángulo de la puerta, y permanecía allí mudo e inmóvil esperando desde el día anterior.

Era el doctor Gilberto.

Había jurado a Andrea que no la dejaría matar, y trataba de cumplir su juramento.

Nos hallamos en un momento de interrupción: desde las tres a las seis de la mañana, jueces y verdugos habían querido descansar. A las seis comieron.

Durante las tres horas que habían durado el sueño y el descanso, dos carros enviados por el ayuntamiento habían venido para llevarse los cadáveres.

El pavimento del patio estaba cubierto con tres pulgadas de sangre cuajada; y como los pies resbalaban sobre aquella sangre y hubiese sido muy largo el lavarla, se había traído un centenar de haces de paja, se habían extendido por el patio, y se les había cubierto con los vestidos de las víctimas, especialmente con los de los suizos.

Los vestidos y la paja absorbían la sangre.

Pero mientras los jueces y los verdugos dormían, los presos velaban sobrecogidos por el espanto.


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