La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Cuando los gritos cesaron, cuando el terrible llamamiento cesó, tuvieron un instante de esperanza. Quizá sólo se habían designado a los asesinos un número limitado de víctimas: quizá el degüello se limitaría a los suizos y a los guardias. ¡Vana ilusión que pronto quedó desvanecida!…
A las seis y media, los gritos y el llamamiento volvieron a comenzar.
Un carcelero bajó entonces y dijo a Maillard que los presos querían oír una misa antes de morir.
Maillard se encogió de hombros, pero accedió a la súplica.
Estaba además ocupado en oír las felicitaciones que, en nombre del ayuntamiento, le dirigía un hombre enviado al efecto por esta corporación. Ese hombre, de talle esbelto, de cara apacible, vestía un frac color pulga y llevaba un peluquín empolvado.
Era Billaud-Varennes.
—Valientes ciudadanos —dijo a los asesinos—, acabáis de purgar la sociedad de grandes culpables, y la municipalidad no sabe cómo recompensaros. Los despojos de los muertos deberían perteneceros indudablemente; pero como esto se parecería algo a un robo, estoy encargado de daros, como indemnización de esta pérdida, veinticuatro libras a cada uno, que os van a ser entregadas inmediatamente.