La Condesa de Charny

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Por eso se reunieron en la noche de aquel día en casa del ministro Roland, para celebrar un banquete. Allí estaban Vergniaud, Guadet, Louvet, Pétion, Boyer-Fonfrede, Barbaroux, Gensonné, Grangeneuve y Condorcet, los mismos convidados que antes de transcurrir un año debían reunirse en otro banquete mucho más solemne; pero en aquel instante cada cual, volviendo la espalda al día siguiente y cerrando los ojos al porvenir, echó un velo voluntariamente sobre el océano desconocido donde se entraba y donde se oía mugir ese abismo que, semejante al Maelstrom de las fábulas escandinavas, debía absorber, si no el buque, por lo menos los pilotos y los marineros.

El pasado de todos había tomado una forma, un aspecto, un cuerpo; estaba allí a su vista; la joven República salía armada del casco y de la lanza como Minerva. ¿Qué más podían pedir?

Durante las dos horas que duró el solemne banquete hubo un cambio de elevadas ideas, detrás de las cuales se agrupaban grandes abnegaciones; aquellos hombres hablaban de su vida como de una cosa que no les pertenecía ya, porque era de la nación; no reservaban más que el honor, y en caso necesario renunciaban a la fama.


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