La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¡Por la eternidad de la República!

Ya se disponía a llevar el vaso a sus labios, cuando madame Roland le detuvo.

—¡Esperad! —dijo.

Llevaba en el seno una rosa fresca, que acababa de abrirse como la nueva era en que se entraba; la cogió, y así como lo hubiera hecho una ateniense en el vaso de Pericles, la deshojó en el de Vergniaud.

Este último sonrió tristemente, apuró el vaso, e inclinándose al oído de Barbaroux, que estaba a su izquierda, le dijo:

—¡Ay de mí!, mucho temo que esa noble mujer se engañe; no son hojas de rosa, sino ramas de ciprés lo que debería deshojar en nuestro vino esta noche. ¡Al brindar por una República cuyos pies se humedecen aún en la sangre de septiembre, solo Dios sabe si bebemos por nuestra muerte!… ¡Pero no importa —añadió, dirigiendo una mirada sublime al cielo—, aunque este vino fuera mi sangre, brindaría por la libertad y la igualdad!

—¡Viva la República! —repitieron en coro todos los convidados.

Poco más o menos en el mismo instante en que Vergniaud pronunciaba este brindis, contestando a él los convidados, las trompetas resonaban frente al Temple, siguiendo un profundo silencio.


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