La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¿Acaso era hombre honrado el emperador Augusto, que compartía el mundo con Lépide y Antonio, y que desterraba al primero dando muerte al segundo, a fin de guardar el mundo para sí solo? ¿Era un hombre honrado Carlomagno, que enviaba a morir en un claustro a su hermano Carloman, y que para concluir con su enemigo Witikind, hombre casi tan grande como él, mandaba cortar todas las cabezas de los sajones cuya altura excedía a la de su espada? ¿Era hombre honrado aquel Luis XI que se rebelaba contra su padre para destronarle, y que, a pesar de haber fracasado, inspiraba al pobre Carlos VII tal terror, que por temor de ser envenenado se dejaba morir de hambre? ¿Era hombre honrado aquel Richelieu que en las alcobas del Louvre y en las escaleras del Palacio Cardenal tramaba conspiraciones cuyo desenlace se veía en la plaza de Greve? ¿Era un hombre honrado aquel Mazarino que firmaba un pacto con el Protector, y que no solamente rehusaba medio millón y quinientos hombres a Carlos II, sino que le expulsaba de Francia? ¿Era hombre honrado aquel Colbert que vendía, acusaba y derribaba a Fouquet, su protector, y que mientras arrojaban a este, vivo, en el calabozo del que no debía salir ya sino muerto, sentábase descarada y orgullosamente en su sillón, caliente aún? Y sin embargo, ni los unos ni los otros, a Dios gracias, hicieron daño a los Reyes ni a la monarquía.