La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Vamos, vamos, señor Gilberto —dijo con una especie de despecho el Rey, que creía conocer mejor que nadie a los hombres notables de su reino, vamos, vos mismo habéis dicho que conocéis a vuestro Mirabeau de memoria. Para mí, que no le conozco, no está demás que me habléis de él, y por lo tanto podréis continuar; antes de servirse de las personas, conviene estudiarlas.

—Sí, señor —prosiguió Gilberto aguijoneado por la especie de ironía en la entonación con que el Rey le hablaba—, y diré a Vuestra Majestad: un Mirabeau era aquel Bruno de Riquetti que el día en que el señor de la Feuillade inauguraba en la plaza de la Victoria la estatua de este nombre con sus cuatro naciones encadenadas, al pasar con su regimiento —que era el de los guardias— por el Puente Nuevo, se detuvo y mandó hacer alto a su tropa ante la estatua de Enrique IV, diciendo al quitarse el sombrero: «Amigos míos, saludemos a este, pues vale tanto como otro». Un Mirabeau era aquel Francisco de Riquetti que a la edad de dieciocho años regresa de Malta, encuentra vestida de luto a su madre, Ana de Pontieves, y le pregunta la causa de su duelo, puesto que hace diez años que su esposo murió: «Porque he sido insultada», contesta la madre.

—¿Por quién, señora?

—Por el caballero de Griasque.

—¿Y no os habéis vengado?, pregunta Francisco, que conocía bien a su madre.


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