La Condesa de Charny

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—Ya os he dicho —continuó el Rey—, que sois un amigo y que puedo hablaros tanto más francamente cuanto que la preocupación que tenía contra la Reina se ha desvanecido en mí completamente. Sin embargo, a pesar mío recibí una mujer de esa casa, dos veces enemiga de la de Francia, enemiga como Austria y como Lorena; a pesar mío vi venir a mi corte a ese abate de Vermond, preceptor de la delfina al parecer, y espía de María Teresa en realidad, a quien codeaba dos o tres veces diarias, por su afán de cruzarse entre mis piernas, y a quien durante dieciocho años no he dirigido una sola palabra; a pesar mío, al cabo de dieciocho años de lucha, encargué el señor de Breteuil el gobierno de mi casa y el de París; a pesar mío acepté por primer ministro al arzobispo de Tolosa, un ateo; y a pesar mío, en fin, pagué al Austria los millones que trataba de sustraer a Holanda. Aún hoy, en esta hora, sustituyendo a la difunta María Teresa, ¿quién aconseja y dirige a la Reina? Su hermano José II, que por fortuna se está muriendo. ¿Por medio de quién da sus consejos? Ya lo sabéis tan bien como yo: por conducto de ese mismo abate Vermond, del barón de Breteuil y del embajador de Austria, Meroy de Argénteau. Detrás de este viejo se oculta otro, Kaunitz, ministro septuagenario de la centenaria Austria. Estos dos viejos fatuos gobiernan el reino de Francia por mediación de la señorita Bertin, la modista, y por Leonardo, el peluquero, a quien señalan pensiones. ¿Y a qué conduce esto? ¡A la alianza de Austria, siempre funesta a Francia como amiga y como enemiga! ¡Esa nación fue la que puso un cuchillo en las manos de Santiago Clemente, un puñal en las de Ravaillac, y un cortaplumas en las de Pamiens! ¡Austria, católica y devota en otro tiempo, que abjura hoy y se hace en parte filósofa bajo su soberano José II; el Austria imprudente, que vuelve contra ella su propia espada, es decir, la Hungría; el Austria imprevisora, que se deja arrebatar por los sacerdotes belgas la más hermosa parte de su corona, es decir, los Países Bajos; el Austria vasalla, en fin, que vuelve la espalda a Europa cuando no debería perderla de vista, y emplea contra los turcos, nuestros aliados, sus mejores tropas en provecho de Rusia! No, no, no, señor de Charny, odio al Austria y no podría fiarme de ella.


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