La Condesa de Charny

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En medio de las graves preocupaciones que le habían asediado en las cinco semanas que contaba en las Tullerías, Luis XVI no había olvidado un instante su fragua. Esta era su idea fija; presidió su organización y él mismo señaló el lugar en que debían colocarse el fuelle y la bigornia, el banco y el tornillo. En fin, la fragua instalada la víspera, contenía limas redondas y planas; escarpas, martillos de pico, de cruz y otros, pendientes de sus clavos; tenazas de herrador, tenazas de cangreja, y las usadas para la lumbre, todo lo cual estaba a mano para trabajar. Luis XVI no había podido resistir más tiempo, y desde la mañana estaba entregado afanosamente a su tarea, de tanta distracción para él, y en la cual habría llegado a ser maestro si, con no poco pesar de Gamain, no hubiera habido tantos holgazanes como el señor Turgot, el señor Necker y él señor Calonne, que le distraían de su sabia ocupación hablándole, no tan sólo de Francia y de sus asuntos, lo cual se podía permitir en rigor, sino también de los negocios de Brabante, de Austria, de Inglaterra, de América y de España.

Esto explica, cómo el Rey Luis XVI, en el primer afán de su trabajo, en vez de bajar para ver al señor de Lafayette, rogó a este que tuviera la bondad de subir.



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