La Condesa de Charny

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—Sí, mediante la condición de que vuestros centinelas registren a los visitantes, como se hace con los contrabandistas en la frontera. Tan sólo por esto, mi pobre Gamain se creería perdido, si se fuese a tomar su estuche por una cartuchera y sus limas por puñales.

—Señor, a la verdad no sé como excusarme con Vuestra Majestad; pero yo respondo a París, a Francia y a Europa, de la vida del Rey, y no podría tomar demasiadas precauciones para que esa preciosa vida esté segura. En cuanto al buen hombre de quien hablamos, el Rey puede darle por sí mismo las órdenes que le convengan.

—Está bien, y gracias, señor de Lafayette; pero no hay prisa; dentro de ocho o diez días le necesitaré —añadió mirando de reojo al señor de Bouillé, y también a su aprendiz—; entonces le enviaré a llamar por conducto de mi ayuda de cámara, Durey, que es amigo suyo.

—Y bastará que se presente, señor, para ser admitido al punto, sirviéndole su nombre de pase. ¡Dios me libre de tener la reputación de carcelero, de llavero y de conserje! Jamás estuvo el Rey más libre que ahora; y hasta venía a suplicar a Vuestra Majestad que continuara sus cacerías y sus viajes.


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