La Condesa de Charny
La Condesa de Charny En la misma tarde del día en que el señor de Bouillé había tenido el honor de ser recibido por la Reina primeramente y después por el Rey, entre cinco y seis, ocurría, en el último piso de una casita vieja, sucia y oscura, de la calle de la Judería, una escena, a la cual haremos asistir a nuestros lectores, si nos lo permiten.
En su consecuencia, partiendo con ellos desde la entrada del puente de Cambio, bien al apearse de su carroza o de su coche de plaza, según que tengan seis mil libras al año para pagar un cochero, dos caballos y el vehículo, o tan sólo treinta sueldos para darlos diariamente por un simple coche de plaza, seguiremos con nuestros lectores el puente de Cambio, y después de penetrar en la calle de la Peletería, pasaremos a la de la Judería, deteniéndolos al fin frente a la tercera puerta de la izquierda.
Bien sabemos que la vista de esta puerta —que los inquilinos de la casa no se toman ni siquiera la molestia de cerrar, pues tan libres se creen de toda tentativa nocturna de los señores ladrones—, no tiene mucho atractivo; pero ya hemos dicho que necesitamos las personas que habitan las buhardillas de aquella casa, y como no vendrán a vernos, es preciso, lector, o querida lectora, que vayamos a visitarlas.
