La Condesa de Charny

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Capítulo IV

Gilberto siguió a su guía a la distancia de veinte pasos, poco más o menos, hasta la mitad de la pendiente, y allí, como se hallasen frente a una gran casa muy hermosa, el desconocido sacó una llave de su faltriquera y abrió una puertecilla destinada a dar paso al amo de aquel edificio, cuando este quería salir sin que le vieran sus criados, o bien volver desapercibido.

Dejó la puerta entornada, indicando con esto, tan claramente como le era posible, que invitaba a su compañero a entrar también.

Hízolo así Gilberto, empujando con suavidad la puerta, que se deslizó sobre sus goznes, cerrándose sin que se oyera ruido.

Semejante cerradura hubiera sido la admiración del maestro Gamain.

Una vez dentro, Gilberto se encontró en un corredor de dobles paredes, en el cual se hallaban incrustadas, a la altura de un hombre, es decir, de manera que los ojos no perdieran ninguno de los maravillosos detalles, unas planchas de bronce, modeladas sobre aquellas con que Ghiberti había enriquecido la puerta del bautisterio de Florencia.


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