La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Precisamente, y de ahà por qué —continuó— he acudido a vos, maestro. Cada vez que el Rey estaba apurado —decÃa con un suspiro—: «¡Ah!, ¡si Gamain estuviese aquÃ!». Entonces dije al Rey: «¡Pues enviad a buscarle, y veámosle trabajar!». Pero el Rey contestaba: «¡Inútil, mi pobre Luis, Gamain me ha olvidado!». «¡Olvidar a Vuestra Majestad un hombre que ha tenido el honor de trabajar en vuestra compañÃa… esto es imposible!…». Entonces dije al Rey: «Voy a ir en busca de ese maestro de los maestros y maestro de todos», a lo cual me contestó Vuestra Majestad: «Puedes ir, pero no le traerás contigo». Yo aseguré que lo conseguirÃa, y me marché. ¡Ah!, señor, yo no sabÃa de qué tarea se me encargaba, ni con qué hombre iba a dar. Por lo pronto, cuando me presenté a él como aprendiz, me sometió a un examen, más severo que si se tratara para mà de ingresar en la Escuela Militar de cadetes; después, por fin, me quedo en su casa, y al dÃa siguiente me aventuro a decirle que voy de parte vuestra. Esta vez, creà que iba a ponerme en la puerta, tratándome, entre otras cosas, de espÃa, por más que le asegurara que iba de parte vuestra; todo fue inútil, y solamente cuando le aseguré que habÃamos comenzado los dos una obra de cerrajerÃa que no podÃamos concluir, prestó alguna atención, pero sin que esto le decidiese. Dijo que era un lazo que sus enemigos le tendÃan, y, en fin, hasta ayer, cuando le di los veinticinco luises que Vuestra Majestad me entregó para él, no se ablandó, contestándome: «¡Ah, ah!, ¡esto podrÃa ser verdaderamente de parte del Rey!… Pues bien, ¡sea!, añadió, mañana iremos; quien no se arriesga, no pasa el mar». Toda la tarde mantuve al maestro en estas buenas disposiciones, y esta mañana le dije: «Ahora preciso será marchar». Aún opuso alguna dificultad, mas al fin se decidió. Le puse el mandil, le di un bastón, le hice salir, tomamos después el camino de ParÃs, y henos aquÃ.