La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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El acusado no se engañó; al mirar en torno suyo vio bailar en todos los ojos la expresión del odio, y todos los gritos amenazaban; comprendíase que era necesaria una víctima para aquel pueblo, de cuyas manos se acababa de arrancar a Besenval y Augeard, y que diariamente pedía a gritos que se ahorcase, por lo menos en efigie, al príncipe de Lámbese.

En medio de todos aquellos semblantes irritados, de aquellas miradas furibundas, el acusado reconoció el rostro sereno y la mirada simpática de su visitante nocturno.

Le saludó con un ademán imperceptible y continuó su examen.

—Acusado —dijo el presidente—, preparaos a contestarme.

—Estoy a vuestras órdenes —contestó Favras inclinándose.

Entonces comenzó un segundo interrogatorio, que el acusado sostuvo con la misma calma que el primero.

Después se oyó a los testigos de cargo.

Favras, que rehusaba salvar su vida por la fuga, quería defenderla por la discusión, y había señalado catorce testigos de descargo.

Habiéndose oído a los primeros, Favras pidió que se presentaran los segundos; mas el presidente pronunció de pronto estas palabras:

—Señores, se dan por terminados los debates.


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