La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Sí, que me la inspiras, apreciable Pitou —repuso Catalina.

—¡Ah, enhorabuena! —replicó el joven, dulcemente acariciado por la familiaridad de Catalina, cada vez mayor.

—Pero te será muy doloroso, amigo mío —replicó la enferma.

—¡Oh!, si el dolor no es más que para mí, no os apuréis por esto, señorita.

—¿Consientes de antemano en hacer lo que te pediré?

—¡Ya lo creo!… A menos que no sea imposible.

—Por el contrario, es muy fácil.

—Pues bien, si es fácil, decid.

—Sería preciso ir a casa de la madre Colomba.

—¿La vendedora de alfeñiques?

—Sí; que es además cartera de correos.

—¡Ah!, ya comprendo… ¿y le diré que no entregue las cartas más que a vos?

—No; que te las dé a ti.

—¿A mí? —exclamó Pitou—. ¡Ah!, sí, no había comprendido al pronto.

Y suspiró por tercera o cuarta vez.

—Bien comprenderás que esto es lo más seguro, Pitou… A menos que no quieras prestarme este servicio…

—¿Yo rehusar, señorita? ¡Ah! ¡Esto nunca!


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