La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Ah, querido Pitou! —dijo Catalina, echándose una cucharada del brebaje farmacéutico, mientras que miraba a Pitou con ojos que le encendÃa el corazón—, lo que tú haces por mà vale más que todos los brebajes del mundo.
—Por eso dijo sin duda el doctor Raynal que yo tenÃa tan grandes disposiciones para ser alumno en medicina.
—Pero ¿dónde dirás que vas, Pitou, para que no se sospeche nada en la granja?
—¡Oh!, en cuanto a esto estad tranquila.
Y Pitou cogió su sombrero.
—¿Debo despertar a la señora Clement? —preguntó.
—¡Oh!, es inútil; deja dormir a la pobre mujer, pues ahora no necesito nada más que…
—¿Qué? —preguntó Pitou.
Catalina sonrió.
—¡Ah, sÃ, ya sé! —murmuró el mensajero de amor…— la carta del señor Isidoro.
Y después de una pausa, añadió:
—Pues bien, no tengáis cuidado; si está allÃ, os la traeré; y si no está…
—¿Qué?… —preguntó con ansiedad Catalina.