La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Pues si no está… para que me miréis otra vez como me mirabais hace un momento, para que me sonriáis como acabáis de hacerlo, para que me llaméis de nuevo querido Pitou y buen amigo, si la carta no está, iré a buscarla a París.

—¡Bondadoso y excelente corazón! —murmuró Catalina, siguiendo con los ojos a Pitou cuando se alejaba.

Después, desfallecida por aquella larga conversación, dejó caer la cabeza sobre la almohada.

A los diez minutos le habría sido imposible a la joven decirse a sí propia si lo que acababa de pasar era una realidad conocida por el uso de su razón, o un sueño producido por su delirio; pero sí estaba cierta de que una frescura vivificante y dulce circulaba desde su corazón hasta las extremidades más lejanas de sus miembros febriles y doloridos.

En el momento de atravesar Pitou por la cocina, la madre Billot levantó la cabeza.

La buena mujer no se había echado ni había dormido hacía tres días.

Durante ese tiempo no se levantó de aquella banqueta sepultada bajo la campana de la chimenea, desde la cual sus ojos podían ver por lo menos la puerta de la habitación de su hija, puesto que le estaba prohibido entrar en ella.

—¿Qué hay? —preguntó.


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