La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Pitou, después de haber saboreado con un orgullo mezclado de tristeza su triunfo de capitán, había recaído en su situación habitual, es decir, en una dulce y benévola melancolía. Con la regularidad ordinaria hacía por la mañana su visita a la madre Colomba; si no había cartas para Catalina regresaba tristemente, porque pensaba que, no recibiendo la joven noticias de Isidoro, no pensaría en el que se las llevaba. Si había alguna carta, depositábala religiosamente en el hueco del sauce, volviendo quizá mucho más triste que los días en que no encontraba nada, al reflexionar que Catalina no pensaba en él más que por carambola, porque el caballero a quien la Declaración de los Derechos del Hombre había despojado de su título, no le podía privar de su postura y elegancia, y seguía siendo el hilo conductor por el cual percibía la sensación casi dolorosa del recuerdo.
Sin embargo, fácilmente se comprenderá que Pitou no era un mensajero puramente pasivo, y que, aunque mudo, no era ciego. Después de su interrogatorio sobre Turín y Cerdeña, que le reveló el objeto del viaje de Isidoro, había reconocido, por los sellos de las cartas, que el joven caballero estaba en la capital del Piamonte; después, cierto día leyó en el timbre la palabra Lyon, en vez de Turín, y dos días después, es decir, el 25 de diciembre, llegó una carta con la palabra París, en vez de Lyon.