La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Esta vez siguió también su acostumbrado itinerario.
Llegado a la puerta de la granja, su mirada vaga, sin fijarse en ningún punto preciso, recorrÃa toda la extensión del bosque comprendida entre el camino de Villers-Cotterêts a la Ferté-Milon y a Boursonne.
Pitou no trataba de sorprender a Catalina; se arregló de modo que pudiera encontrarse en el radio recorrido por su vista, y los ojos de la joven se fijaron al fin en él.
Catalina sonrió; consideraba tan sólo a Pitou como un amigo, o, más bien, este habÃa llegado a ser para ella un confidente.
—¿Sois vos, querido Pitou? —preguntó—. ¿Qué buen viento os trae por aqu�
Pitou mostró sus lazos, que llevaba arrollados en la muñeca.
—Me ha ocurrido —contestó—, regalaros un par de conejos bien tiernos y perfumados, señorita Catalina, y como los mejores son los de la Bruyere-aux-Loups, por abundar allà el tomillo, emprendà la marcha antes de tiempo para veros e informarme sobre vuestra salud.
Catalina comenzó por sonreÃr por esta atención de Pitou, y después de contestar de este modo a la primera parte de su discurso, respondió a la segunda verbalmente: