La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Cuando los niños hubieron comido, la Reina pidió permiso al Rey para retirarse a su habitación.
—Con mucho gusto, señora, porque debéis estar cansada; pero como es imposible que no tengáis apetito de aquí a mañana, mandad que os preparen alguna cosa por si acaso.
La Reina, sin contestarle, salió, llevándose sus dos hijos.
El Rey permaneció en la mesa para terminar su cena. Madame Isabel, a quien la vulgaridad misma de Luis XVI no inducía a ser menos fiel, permaneció junto al Rey para prestarle los ligeros servicios que los criados más prácticos olvidan a veces.
La Reina, una vez en su habitación, respiró; ninguna de sus damas la había seguido, pues todas tenían orden de no salir de Versalles hasta que recibieran aviso.
Lo primero que la ocupó fue buscar un canapé grande o un sillón para ella misma, pensando acostar a los niños en su lecho.
El pequeño Delfín dormía ya; apenas el pobre niño apaciguó su hambre, sobrecogióle el sueño.
Madame Royale no dormía, ni habría dormido en toda la noche, en caso necesario; en aquella señora había mucho de carácter de la Reina.
