La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Mirabeau salió de la Asamblea con la mirada altiva y alta la cabeza. Mientras que estuvo junto al peligro, el rudo atleta no pensaba más que en aquel y no en sus fuerzas.
Le sucedía lo que al mariscal de Sajonia en la batalla de Fontenoy: extenuado y enfermo, todo el día permaneció a caballo tan firme como el más intrépido de su ejército; pero cuando los ingleses retrocedieron, cuando el humo del último cañonazo saludó la fuga del enemigo, se deslizó moribundo en el campo de batalla que acababa de conquistar.
Lo mismo sucedió con Mirabeau.
Al entrar en su casa se echó en el suelo sobre unos almohadones en medio de las flores.
Mirabeau tenía dos pasiones: las flores y las mujeres.
Desde el principio de las sesiones su salud se alteraba visiblemente, y aunque de un temperamento vigoroso, había sufrido tanto, así en lo moral como en lo físico, a causa de las persecuciones y de las prisiones, que jamás se hallaba con una salud completa.
