La Condesa de Charny
La Condesa de Charny DONDE SE COMIENZA A RECONOCER LA INFLUENCIA
DE LA DAMA DESCONOCIDA
Mirabeau volvió la cabeza, estremeciéndose.
El que asà le ponÃa la mano en el hombro era el doctor Gilberto.
—¡Ah! —exclamó Mirabeau—, sois vos, querido doctor. ¿Qué hay?
—Pues que he visto al niño —contestó Gilberto.
—Y ¿esperáis salvarle?
—Jamás debe un médico perder la esperanza, ni aun en presencia de la misma muerte.
—¡Diablo! —exclamó Mirabeau—, esto quiere decir que la enfermedad es grave.
—Más que grave, querido conde, es mortal.
—Y ¿qué enfermedad es esa?
—No deseo más que entrar en algunos detalles sobre el asunto, atendido que no carecerán de interés para un hombre que ha tomado, sin saber a qué se expone, la resolución de habitar en este castillo.
—¡Cómo! —dijo Mirabeau—. ¿Vais a decirme que me arriesgo a ser vÃctima de la peste?
