La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Esta afirmación podÃa ser verdadera; pero era fácil notar que su mirada se dirigÃa más curiosamente hacia el lado de ParÃs que en dirección a Versalles, lo cual inducÃa a creer que no se habÃa creÃdo obligado a dar cuenta exacta de su intención al digno posadero que se permitÃa interrogarle.
Por lo demás, al cabo de algunos instantes, su atención quedó al parecer satisfecha: un hombre vestido poco más o menos como él, y que sin duda ejercÃa una profesión análoga a la suya, apareció en lo alto de la cuesta que limitaba el horizonte, del camino.
Aquel hombre avanzaba pesadamente y como viajero que ha recorrido ya una larga distancia.
A medida que se acercaba, se podÃan distinguir sus facciones y calcular su edad.
Esta última parecÃa ser la misma del desconocido, es decir, que se podÃa afirmar previamente, como dice la gente del pueblo, que estaba en la parte triste de la cuarentena.
En cuanto a sus facciones, eran las de un hombre ordinario, de instintos bajos y vulgares.
La mirada del desconocido se fijó curiosamente en él con una expresión extraña, y como si hubiera querido calcular de una sola ojeada todo cuanto se podÃa esperar de impuro y de malo del corazón de aquel hombre.