La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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La puerta baja parece conducir a un sótano; se bajan algunos escalones y después se sigue un corredor sombrío. Sin duda esta seña confirmaba la primera, puesto que después de haber mirado con atención las tres letras, señal de reconocimiento insuficiente para Billot, que como ya se recordará, no sabía leer, el labrador había bajado los escalones contándolos a medida que los franqueaba, y llegado al octavo penetró atrevidamente en el corredor.

En la extremidad de este había una luz pálida y vacilante, y delante un hombre sentado que leía o aparentaba leer un diario.

Al oír el rumor de los pasos de Billot el hombre se levantó, y apoyando un dedo sobre su pecho esperó.

Billot, sirviéndose del mismo dedo, pero doblado, apoyóle en su boca.

Probablemente era la señal de pase esperada por el misterioso conserje, porque este último empujó a su derecha una puerta del todo invisible cuando estaba cerrada, y señaló a Billot una escalera empinada y angosta que parecía hundirse en la tierra.

Billot entró, cerrándose la puerta detrás de él rápida y silenciosamente.

El labrador contó esta vez diecisiete escalones, y llegando al último, a pesar del mutismo que al parecer se había impuesto, se dijo a media voz:

—¡Bueno, ya estoy!


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