La Dama pálida

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Los dos hermanos

A partir de aquel momento quedé establecida en el castillo, y empezó el drama que voy a contaros.

Ambos hermanos se enamoraron de mí cada uno según su carácter.

Kostaki, desde el día siguiente, me dijo que me amaba, declaró que sería suya y no de otro, y que me mataría antes que dejarme pertenecer a otro, fuera quien fuese.

Gregoriska nada dijo; pero me rodeó de cuidados y atenciones. Todos los recursos de una educación brillante, todos los recuerdos de su juventud pasada en las más nobles cortes de Europa fueron empleados para complacerme y ¡ay! no era difícil; al primer sonido de su voz, había yo sentido que aquella voz acariciaba mi alma; a la primera mirada de sus ojos sentí que aquella mirada penetraba hasta mi corazón.

A los tres meses, Kostaki me había repetido cien veces que me amaba, y yo le odiaba; a los tres meses Gregoriska no me había dirigido aún una sola palabra de amor; y, sin embargo, yo sentía que cuando me lo exigiese sería suya enteramente.

Kostaki había renunciado a sus correrías. Ya no abandonaba el castillo. Había abdicado por de pronto en favor de una especie de teniente que, de vez en cuando, venía a recibir sus órdenes, y desaparecía.


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