La Dama pálida

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El monasterio de Hango

Cuando recobré mis sentidos, me encontré acostada en mi cama; velaba junto a mi una de las dos mujeres. Pregunté dónde estaba Smeranda, y se contestó que velaba junto al cuerpo de su hijo.

Pregunté dónde estaba Gregoriska y se me dijo que había salido para el monasterio de Hango.

—No pensábamos ya en fugarnos. ¿No había muerto Kostaki? No se trataba tampoco de matrimonio. ¿Podía casarme con el fratricida?

Tres días y tres noches transcurrieron así en medio de sueños extraños. Ya durmiese, ya estuviese despierta, veía siempre aquellos dos ojos vivos en aquel rostro muerto: era una visión horrible.

Al tercer día debía efectuarse el entierro de Kostaki. Por la mañana me llevaron, de parte de Smeranda, un traje completo de viuda.

Me vestí y bajé.

La casa parecía deshabitada. Todo el mundo se hallaba en la capilla.

Me encaminé hacia allí.

Al ir a penetrar en el sagrado recinto, Smeranda, a quien no había visto desde tres días antes, atravesó el umbral y se acercó a mí.


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