La Reina Margot
La Reina Margot
NOCHECIÓ sobre la ciudad estremecida aún por el rumor de aquel suplicio, cuyos detalles iban a entristecer en todos los hogares la alegre hora de la cena familiar. Por el contrario, el Louvre presentaba un aspecto animado.
Se celebraba en él una gran fiesta, una fiesta ofrecida por Carlos IX y que él mismo había decidido para aquella noche, al mismo tiempo que había fijado para aquella mañana la ejecución.
La reina de Navarra había recibido el día anterior la orden de asistir a la fiesta y, con la esperanza de que La Mole y Coconnas se escaparían y con la convicción de que se habían tomado todas las medidas necesarias para favorecer su fuga, respondió a su hermano que accedería, muy gustosa, a sus deseos.
Una vez que perdió toda esperanza como resultado de la escena de la capilla y desde que asistiera, en un último impulso de compasión hacia aquel amor, el más grande y profundo que experimentara en su vida, a la escena de la ejecución, se había prometido a sí misma que ni ruegos ni amenazas la obligarían a presentarse en una alegre fiesta en el Louvre, precisamente el mismo día en que había asistido a un espectáculo tan lúgubre como el de la plaza de Saint-Jean-en-Greve.
