La Reina Margot

La Reina Margot

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—Aquella especie de lechuza con quien estaba hablando cuando llegamos; el hombre del jubón amarillo y la capa color ceniciento. ¡Voto al diablo! ¡Con qué fuego discute! Decidme, maese La Hurière, ¿habláis de política por casualidad?

Pero esta vez la respuesta de La Hurière fue un gesto tan enérgico a imperioso que Coconnas, pese a su afición por la baraja, se levantó y se acercó a él.

—¿Qué os pasa? —preguntó La Mole.

—¿Pedís vino, caballero? —dijo La Hurière, tirando de la manga a Coconnas—. Ahora os lo servirán. ¡Gregorio: vino para estos señores!

Luego al oído del piamontés:

—¡Silencio! —bisbiseó—. ¡Silencio! ¡Por vuestra vida, separaos de vuestro compañero!

La Hurière estaba tan pálido y el individuo vestido de amarillo tan lúgubre, que Coconnas sintióse traspasado por un escalofrío y volviéndose a La Mole:

—Os ruego que me excuséis, querido señor de La Mole —le dijo—. He perdido ya cincuenta escudos. Tengo mala suerte esta noche y temo comprometerme demasiado.

—Muy bien, señor, como os plazca. Además, no me disgusta la idea de echarme un rato en la cama. ¡Maese La Hurière!

—¿Señor conde?


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