La Reina Margot
La Reina Margot —No es cosa de juego lo que siento por la reina, Annibal; la amo, y por desgracia o por suerte, la amo con toda mi alma. Me dirás que es una locura, de acuerdo; estoy loco. Pero tú que eres prudente, Coconnas, no debes sufrir mis tonterÃas ni mi infortunio. Vuelve al lado de nuestro protector y no te comprometas.
Coconnas meditó un momento y levantando la cabeza:
—Querido —respondió—, todo lo que dices es perfectamente justo. Estás enamorado y obras como tal. Yo soy ambicioso y creo que la vida vale más que un beso de mujer. Cuando arriesgue mi vida pondré condiciones; tú, pobre Medor, trata de imponer las tuyas.
Y dicho esto, Coconnas tendió la mano a La Mole y se alejó después de cambiar con su compañero una última mirada y una sonrisa.
HarÃa apenas diez minutos que dejara su puesto cuando se abrió la puerta, y Margarita, asomándose con precaución, cogió a La Mole de la mano y, sin decir una sola palabra, le introdujo hasta el fondo de su habitación cerrando ella misma las puertas con un cuidado que indicaba la importancia de la conferencia que iba a tener lugar.
Ya en la alcoba se sentó en su silla de ébano, y, cogiendo a La Mole de las manos, lo atrajo hacia sÃ.
—Ahora que estamos solos —le dijo—, conversemos seriamente, amigo mÃo.