La Reina Margot
La Reina Margot —Si le acusáis —dijo Enrique—, ya comprenderéis, hermano mÃo, que no os desmentiré.
—Pero ¿y la reina? —preguntó Alençon.
—¡Ah! Es cierto.
—Será preciso conocer su opinión.
—Yo me encargo de ello.
—¡Pardiez, hermano! HarÃa mal en desmentirnos, pues el joven en cuestión se encontrarÃa con una flamante reputación de valiente sin costarle muy caro, ya que la iba a adquirir a crédito. Es verdad que posiblemente cobrase al mismo tiempo el interés y el capital.
—¡Qué queréis! —dijo Enrique—. En este bajo mundo nada se consigue de balde.
Y despidiéndose con una sonrisa, asomó cautelosamente la cabeza por el corredor, y, al ver que no habÃa nadie, se deslizó rápidamente y desapareció por la escalera secreta que conducÃa a las habitaciones de Margarita.