La Reina Margot
La Reina Margot —Señora —dijo Renato—, si me atreviera a emitir mi parecer en una cuestión en la que Vuestra Majestad parece vacilar, dirÃa que creo al señor de La Mole demasiado enamorado para ocuparse seriamente de cuestiones polÃticas.
—¿De veras?
—SÃ, y sobre todo, demasiado enamorado de la reina de Navarra para servir con fidelidad al rey, pues no hay verdadero amor sin celos.
—¿Creéis que está tan enamorado? —Estoy seguro.
—¿Ha recurrido a vos? —SÃ.
—¿Os pidió algún filtro o brebaje?
—No. Nos limitamos a la figurita de cera.
—¿La que tiene el corazón atravesado?
—La misma.
—¿Existe todavÃa?
—SÃ.
—¿Está en vuestra casa? —En mi casa está.
—SerÃa curioso —dijo Catalina— que esos procedimientos cabalÃsticos tuviesen realmente el efecto que se les atribuye.
—Vuestra Majestad puede saberlo mejor que yo.
—¿Ama la reina de Navarra al señor de La Mole?
—Le ama hasta el punto de perderse por él. Ayer le salvó de la muerte arriesgando su honor y su vida, ya veis, señora, y sin embargo, seguÃs dudando.