La Reina Margot
La Reina Margot La señora de Nevers, preciso es confesarlo para vergüenza de la humanidad, soportaba muy mal aquella rivalidad con La Mole. No es que detestara al provenzal, al contrario; arrastrada por ese instinto irresistible que hace que toda mujer sea coqueta a su pesar con el amante de otra, sobre todo cuando esta otra es su amiga, no había dejado de deslumbrar a La Mole con los centelleos de sus ojos de esmeralda. Coconnas hubiese podido envidiar los francos apretones de manos y las amabilidades concedidas por la duquesa a su amigo, durante los días caprichosos en que el astro del piamontés parecía palidecer en el cielo de su amada.
Pero Coconnas, que hubiera degollado a quince personas por una sola mirada de los ojos de su dama, sentía tan pocos celos de La Mole, que a menudo, a raíz de ciertas inconsecuencias de la duquesa, le había hecho al oído ciertos ofrecimientos que ruborizaron al provenzal.
Resultó de este estado de cosas que Enriqueta, a quien la ausencia de La Mole privaba de todas las ventajas que le daba la compañía de Coconnas, es decir, de su inagotable gracia, de sus insaciables caprichos de placer, fue un día a ver a Margarita para suplicarle que le devolviera ese tercero obligado, sin el cual el espíritu y el corazón de Coconnas desfallecían día por día.