La Reina Margot

La Reina Margot

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—No a fe mía, puesto que el señor de Alençon es un amo muy malhumorado y quisquilloso, y para que me regañen, prefiero unos lindos labios como los vuestros que no una boca torcida como la suya.

—Vamos, esto ya está un poco mejor —dijo la duquesa—. Dijisteis que habíais salido a las nueve del Louvre, ¿no?

—Sí, por cierto. ¡Dios mío!, con la intención de venir directamente aquí, cuando en la esquina de la calle de Grenelle veo a un hombre que se parece a La Mole.

—¡Ya estamos con La Mole!

—¡Siempre! Con vuestro permiso o sin él.

—Grosero.

—Bien —replicó Coconnas—, comencemos nuestras galanterías.

—No, acabad antes vuestro relato.

—Que conste que yo no quería contaros nada; habéis sido vos quien, al preguntarme por qué había llegado tarde…

—¡Claro! ¿Acaso debo ser yo quien llegue primero?

—Sin duda; vos no tenéis que buscar a nadie.

—Sois bastante pesado; pero, en fin, continuad. En la esquina de la calle de Grenelle habéis visto a un hombre parecido a La Mole. Pero ¿de qué está manchado vuestro jubón? ¿De sangre?


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