La Reina Margot

La Reina Margot

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El resto de su cara, por lo demás de un tinte rosado, se componía de unos dientes admirables y de unos labios finos bajo un bigote rojizo. En suma, con sus anchos hombros era lo que se dice un apuesto caballero. Hacía más de una hora que levantaba la nariz hacia todas las ventanas, con el pretexto de buscar letreros de posadas, y durante este tiempo las mujeres le habían mirado mucho y los hombres que quizás experimentaran tentaciones de reír al ver su capa raquítica, sus calzas arrugadas y sus botas de forma anticuada, habían concluido con un «¡Dios os guarde!», de lo más gracioso ante aquella fisonomía que cambiaba en un minuto diez veces de expresión sin adoptar nunca la que es peculiar al rostro bonachón del provinciano cohibido.

Él fue quien, primero se dirigió al otro gentilhombre, el cual, como hemos dicho, contemplaba la posada de A la Belle Etoile.

—¡Pardiez, señor! —dijo con ese horrible acento de la montaña que permitiría reconocer con una sola palabra a un piamontés entre cien extranjeros—. ¿Estamos cerca del Louvre? En todo caso creo que habéis tenido el mismo gusto que yo, lo que para mí es un honor…



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