La Reina Margot
La Reina Margot —¡Voto al diablo! Quisiera hallarme en tu puesto —contestó pausadamente Coconnas— y no tener que verme en otras manos que las mÃas, ni con otro acero que con el que va a acariciarte las costillas.
—¡Condenados a muerte! —murmuró La Mole—. ¡Parece imposible!
—¡Imposible! —dijo ingenuamente el carcelero—. ¿Y por qué?
—¡Silencio! —dijo Coconnas—. Creo que acaban de abrir la puerta de abajo.
—En efecto —respondió el carcelero—, vamos, volved a vuestras celdas.
—¿Y cuándo os parece que tendrá lugar el juicio? —preguntó La Mole.
—Lo más tarde, mañana. Pero estad tranquilos; las personas que os interesan serán avisadas.
—Abracémonos, entonces, y digamos adiós a estas paredes.
Los dos amigos se abrazaron y volvieron a su encierro; La Mole suspirando y Coconnas canturreando.
Nada nuevo ocurrió hasta las siete de la tarde.