La Reina Margot
La Reina Margot —¡Ah! ¡Esta argolla de hierro! ¡La arrancaré, y desgraciado el que se me acerque!
Coconnas se levantó de un salto, agarró la argolla y la sacudió de tal manera que era de creer que no resistiría otras dos sacudidas de semejante violencia. Pero de repente se abrió la puerta y la celda se iluminó al resplandor de dos antorchas.
—Venid, caballero —dijo la misma voz gangosa que tan desagradable le había parecido antes y que no porque ahora sonase tres pisos más abajo había adquirido el encanto que le faltaba—. Venid, señor, el tribunal os espera.
—Bueno —dijo Coconnas soltando la argolla—, voy a escuchar mi sentencia, ¿no es cierto?
—Sí, señor.
—¡Oh! Respiro; vayamos —dijo.
Y siguió al alguacil, que marchaba delante con paso acompasado y llevando en la mano su negra vara.
A pesar de la satisfacción que había demostrado en un principio, Coconnas lanzaba al andar una mirada inquieta a derecha a izquierda, hacia delante y hacia atrás.
—¡Oh! ¡Oh! —murmuró—. No veo a mi digno carcelero; confieso que me extraña que no esté aquí.