Las dos Dianas

Las dos Dianas

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Inútil es decir que Enrique II se apresuró a acceder a los deseos de su esposa.

Catalina entró conmovida en la cámara del rey.

—¡Ah, señor… mi querido señor! —exclamó—. ¡En nombre de Jesucristo os pido que no salgáis del Louvre hasta que haya terminado este mes!

—¿Por qué razón, señora? —preguntó Enrique, admirado de aquella repentina e imprevista súplica.

—Porque si salís, señor, os ocurrirá una desgracia.

—¿Quién os lo ha dicho?

—Vuestra estrella, señor: esta noche la hemos observado mi astrólogo italiano y yo, y hemos descubierto en ella presagios ciertísimos de peligro, y no de un peligro cualquiera, sino de muerte.

Conviene saber que Catalina de Médicis comenzaba por entonces a entregarse a prácticas de magia y de astrología judiciaria que, si no mienten las Memorias de su tiempo, rara vez la engañaron durante el curso de su vida.

Pero Enrique II, poco crédulo en lo referente a los astros, contestó riendo a la reina:

—¡No hagáis caso, señora! Si mi estrella me anuncia un peligro, lo correré lo mismo dentro que fuera del palacio.

—¡Os equivocáis, señor! El peligro únicamente al aire libre os amenaza.


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