Las dos Dianas
Las dos Dianas Después de reflexionar un momento, dijo el señor de Coligny.
—Mis palabras, Gabriel, no eran vanas. Sois y seréis siempre libre. Seguid solo vuestro camino, si asà lo deseáis; obrad sin nuestro concurso, o nada hagáis, que nosotros jamás os pediremos cuenta de vuestros actos ni de vuestra inactividad. Ya sabemos —añadió con acento significativo— que tenéis la costumbre de no admitir asociados ni consejeros.
—¿Qué me queréis decir? —preguntó Gabriel sorprendido.
—Yo me entiendo —respondió el almirante—. ¿No queréis, por el momento, tomar parte en nuestras conspiraciones contra la autoridad real? ¡Sea! Nos limitaremos a teneros al corriente de nuestros movimientos y proyectos, y vos podréis seguirnos o permanecer alejado de nosotros, según prefiráis. Por escrito o por medio de mensajero os haremos saber siempre cuándo, dónde y cómo nos seréis necesario, y luego que lo sepáis, seréis dueño de hacer lo que os acomode. Si venÃs, os recibiremos con los brazos abiertos, y en caso contrario, no se os hará cargo alguno. Esto es lo que se ha convenido con respecto a vos por los jefes del partido, aun antes de que me hubieseis enterado de vuestra actitud. Yo creo que aceptaréis estas condiciones.
—Las acepto y os doy las gracias —contestó Gabriel.